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 Hasta en los mares....

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TierraZero
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Masculino Mensajes : 25
Fecha de inscripción : 29/02/2012
Localización : Septimo Infierno de DANTE

MensajeTema: Hasta en los mares....   Mar Oct 30, 2012 12:57 am

El hombre
descansaba sobre la erosionada cima de un risco, oteando más allá del valle.
Desde allí podía ver una gran distancia, pero en toda la marchita extensión no
había ningún movimiento visible. Nada se agitaba en la polvorienta llanura ni
en la desmenuzada arena de los lechos de ríos desecados mucho tiempo atrás, por
donde una vez fluyeran los caudalosas corrientes de la juventud de la Tierra. Había poco
verdor en aquel mundo terminal, aquel capítulo final de la prolongada presencia
de la humanidad sobre el planeta. Durante incontables eones, la sequía y las
tormentas de arena habían asolado todas las tierras. Los árboles arbustos
habían dado paso a pequeños y retorcidos matorrales que subsistieron largo
tiempo merced a su fortaleza: pero ellos, a su vez, perecieron ante la
embestida de toscas hierbas y fibrosa y dura vegetación de extraña evolución.


El
omnipresente calor, creciente según la Tierra giraba más próxima al Sol, marchitó y mató
con rayos inmisericordes. No había sucedido repentinamente, transcurrieron
largos eones antes de que pudiera sentirse el cambio. Y, a lo largo de esas
primeras eras, la adaptable forma del hombre había seguido una lenta mutación,
moderándose a sí mismo para soportar el progresivamente tórrido aire. Luego
llegó el día en que el hombre pudo aguantar en sus calurosas ciudades, aunque
enfermo, y comenzó el gradual retroceso, lento pero imparable. Aquellas
ciudades y poblaciones cercanas al ecuador fueron las primeras, por supuesto,
pero después fueron seguidas por otras. El hombre, degenerado y exhausto, no
pudo hacer frente durante mucho tiempo al calor que ascendía inexorablemente.
Se consumía, y la evolución era demasiado lenta para dotarle de nuevas
resistencias.


Aunque no
bruscamente, las grandes ciudades del ecuador fueron las primeras en ser
abandonadas a merced de la araña y el escorpión. En los primeros años hubo
muchos que resistieron, ideando curiosos escudos y armaduras contra el calor y
la mortífera sequedad. Esas almas intrépidas, reforzando algunos edificios
contra el sol implacable, crearon mundos refugio en miniatura en cuyo interior
no era necesaria la armadura protectora. inventaron maravillosos ingenios, de
forma que unos pocos hombres continuaron en las oxidadas torres, esperando así
aguantar en las antiguas tierras hasta que terminara la sequía. Ya que muchos
no quisieron creer cuanto decían los astrónomos y aguardaban la vuelta del
viejo mundo. Pero un día, los hombres de Dath, en la nueva ciudad de Niyara,
hicieron señales a Yuanario, su capital de antigüedad inmemorial, y no
recibieron ninguna respuesta de los pocos que permanecían en su interior. Y
cuando los exploradores llegaron a la milenario ciudad de torres enlazadas por
puentes encontraron sólo silencio. No había ni siquiera el horror de la
corrupción, ya que los lagartos carroñeros habían sido diligentes.


Sólo entonces
la gente comprendió plenamente que aquellas ciudades estaban perdidas para
ellos y supieron que debían abandonarlas por siempre a la naturaleza. Los otros
colonizadores de las tierras cálidas huyeron de sus arriesgadas posiciones, y
el silencio total reinó entre los altos muros de basalto de un millar de torres
vacías. De las densas muchedumbres y actividades multitudinarias del pasado no
quedó finalmente nada. Entonces, allí se alzaron, contra los desiertos sin
lluvia, las ahuecadas torres de hogares vacíos, factorías y estructuras de
todas clases, reflejando la deslumbrante radiación del sol y agostándose bajo
el cada vez más intolerable calor.


Muchas
tierras, sin embargo, habían escapado aún a la plaga abrasadora, por lo que
pronto los refugiados fueron absorbidos en la vida de un nuevo mundo. Durante
siglos extrañamente prósperos, las blanqueadas ciudades desiertas del ecuador
fueron medio olvidadas y adornadas con fantásticas fábulas. Hubopocos
pensamientos sobre aquellas torres espectrales en ruinas... aquellos montones
de muros gastados y invadidas por cactos, oscuramente silenciosas y
abandonadas.


Hubo guerras,
devastadoras y prolongadas, aunque los tiempos de paz fueron mayores. Pero
siempre el henchido sol aumentaba su emisión según la Tierra giraba más próxima a
su progenitor. Era como si el planeta pensara volver a la fuente de donde
brotó, eones atrás, merced a un cataclismo de dimensiones cósmicas. Tras un
tiempo, el desastre reptó más allá del cinturón central. El sur de Yarat se
convirtió en un árido desierto... y luego el norte. En Perath y Baling, cuyas
antiguas ciudades fueron habitadas durante incontables siglos, tan sólo se
movían las escamosas formas de la serpiente y la salamandra, y en la última
Loton sólo se escuchaba las esporádicas caídas de las tambaleantes torres y las
desmoronadas cúpulas.


El gran
desahucio del hombre de los dominios que siempre conocieran tuvo lugar lenta,
universal e inexorablemente. Ninguna tierra en el interior del creciente y
destructor cinturón se libró. Fue una épica, una titánica tragedia cuya trama
no fue revelada a los actores: el total abandono de las ciudades del hombre. No
llevó siglos ni eras, sino milenios de crueles cambios. Y aún continuaba...
sombría, inevitable, brutalmente devastadora.


La agricultura
se paralizó; rápidamente, el mundo se volvió demasiado árido para las cosechas.
Se remedió mediante sustitutos artificiales, pronto universalmente empleados. Y
mientras los viejos lugares que habían conocido los grandes hechos de los
mortales eran abandonados, el botín rescatado por los fugitivos mermó más y
más. Objetos del mayor valor e importancia quedaron olvidados en museos muertos
-perdidos entre los siglos- y, al fin, la herencia de un pasado inmemorial fue
abandonada. La decadencia tanto física como cultural surgió con el insidioso
calor. Ya que los hombres habían vivido tanto tiempo cómodos y seguros que este
éxodo de pasados escenarios fue difícil. Tales sucesos no fueron recibidos
Temáticamente, su misma lentitud era aterradora. La degradación y el desastre
fueron pronto comunes, los gobiernos se disolvieron y las desamparadas
civilizaciones se sumieron en la barbarie.


Luego,
cuarenta y nueve siglos después de la ruina del cinturón ecuatorial, todo el
hemisferio oeste quedó despoblado y el caos fue completo. No hubo trazas de
orden o decencia en las últimas escenas de esta titánica, atroz e impresionante
migración. Locura y frenesí acosaron a todos, y los fanáticos portavoces de un
Armaged6n estaban a la orden del día.


La humanidad
se convirtió un lastimero residuo de antiguas razas, un fugitivo no sólo de las
condiciones imperantes, sino también de su propia degeneración. Aquellos que
pudieron huyeron a las tierras del norte y el antártico, el resto se sumió
durante años en una increíble saturnalia, dudando vagamente de la cercana
tragedia. En la ciudad de Borligo se llevó a cabo la total ejecución de los
nuevos profetas, tras meses de espera infructuosa. Pensaron que la fuga a
tierras del norte era innecesaria y no aguardaban el amenazador final.


Cómo
perecieron debió ser terrible sin duda... aquellas vanas y necias criaturas que
pensaron desafiar al universo. Pero las tiznadas y chamuscadas torres son
mudas...


Tales sucesos,
no obstante, no deben ser registrados, porque hay cosas más importantes para
considerar que la lenta y total caída de una civilización perdida. Durante un
largo periodo, la moral tuvo su punto más bajo entre los pocos valientes
asentados en las riberas del ártico y el antártico, tan templados como lo fuera
el surde Yarat en tiempos muy
pretéritos. Pero aquello era sólo una prorrroga. El suelo era fértil, y las
perdidas artes de 1ª ganadería fueron recobradas de nuevo. Fue durante mucho
tiempo un tranquilo y pequeño epítome delastierras perdidas, aunque no
había ya inmensas multitudes ni grandes edificios. Tan sólo el diseminado
remanente de humanidad superviviente a eones de cambios habitando aquellas
dispersas poblaciones de la tierra tardía.


Cuántos
milenios duró esto, no se sabe. El sol era lento en invadir este último refugio
y, con el devenir de las eras, se desarrolló una raza fuerte y sana que no
guardaba memoria o leyendas de las viejas y perdidas tierras. Este nuevo pueblo
efectuaba pocas navegaciones, y las máquinas voladoras estaban totalmente
olvidadas. Sus artefactos eran del tipo más simple, y su cultura sencilla y
primitiva. Aun así, eran felices y aceptaban el caluroso clima como algo
natural y acostumbrado.


Pero,
desconocidos para aquellos sencillos campesinos, aún mayores rigores de la
naturaleza les estaban reservados. Mientras pasaban las generaciones, las aguas
del vasto e insondable océano fueron secándose lentamente, enriqueciendo el
aire y el reseco suelo, pero menguando más a cada siglo. El batiente oleaje aún
relucía claro, y los tornadizos remolinos permanecían, pero un destino de
desecación pendía sobre la total extensión de las aguas. No obstante, la merma
no podía ser detectada excepto mediante instrumentos más delicados que los
conocidos por la raza. Aun descubriendo la gente esta contracción del océano,
no es probable que cundieran grandes alarmas o perturbaciones, ya que las
pérdidas eran tan ligeras y los mares tan grandes... sólo unos pocos
centímetros durante muchos siglos; pero en muchos siglos, e incrementándose...


Así
desaparecieron por fin los océanos, y el agua llegó a ser una rareza en el
globo resecado por el ardiente sol. El hombre se había desparramado lentamente
por todas las tierras árticas y antárticas. Las ciudades ecuatoriales, y muchas
de las posteriores poblaciones, estaban perdidas aun para las leyendas.


Había
alteraciones de la paz a cada momento, ya que el agua era escasa y sólo se
encontraba en profundas cavernas. Incluso así, era bastante poca, y los hombres
morían en sedientos vagabundeas por lejanos lugares. Aunque tan lentos eran
aquellos mortíferos cambios que cada nueva generación era renuente a creer lo
que oía de sus padres. Nadie quería admitir que el calor hubiera sido menor o
el agua más abundante en los viejos tiempos, ni guardarse del ardor resecante y
agostador que estaba por llegar. Así fue hasta el final, cuando sólo unos pocos
centenares de humanos jadeaban en busca de aliento bajo el cruel sol: un mísero
puñado agrupado de los incontables millones que una vez moraran sobre el
sentenciado planeta.


Y los
centenares disminuyeron aún más, hasta que la humanidad se redujo a unas
decenas. Esas decenas se refugiaron junto a la menguante humedad de las cuevas
y supieron que el fin estaba cerca. Tan pequeño era su radio de acción, que
nadie había visto jamas las pequeñas fabulosas áreas de hielo cercanas a los
polos del planeta... si es que éstas aún existían. incluso de haber sido así, y
de haber sido conocidas por los hombres, nadie podría haberlas alcanzado a
través de los formidables desiertos sin caminos. Y así el último y patético
resto disminuia...


No puede
describirse esa espantosa cadena de sucesos que despoblaron la Tierra entera, es demasiado
tremendo para que nadie pueda pintarlos o abarcarlos. Del pueblo de las eras
afortunadas de la Tierra,
miles de millones de años atrás, sólo unos pocos profetas y locos pudieron
haber concebido lo que iba a suceder; pudieron haber tenido visiones de las
tierras silenciosas y muertas, y los lechos de los mares totalmente vacíos. El
resto habría dudado... dudado tanto de la sombra de cambio sobre el planeta
como de la sombra de sentencia sobre la especie. Ya que el hombre se ha
considerado siempre como el amo inmortal de las cosas naturales...


Cuando hubo
aliviado los estertores moribundos de la anciana, Ull lanzó una temerosa mirada
a las deslumbrantes arenas. Ella había sido un ser espantoso, arrugado y
deshidratado como una hoja marchita. Su rostro tenía el color de la enfermiza
hierba amarilla que se agostaba bajo el viento ardiente, y era espantosamente
vieja.’


Pero había
sido una compañía, alguien con quien compartir vagos temores, con quien hablar
de cosas increíbles; un camarada con el que compartir la esperanza de auxilio
de esas otras silenciosas colonias más allá de las montañas. No podía creer que
no viviera nadie en alguna otra parte, ya que Ull era joven y no tenía la
certidumbre de la anciana.


Durante muchos
años no había conocido a nadie más que la anciana: su nombre era Mladdna. Había
llegado el día de su undécimo cumpleaños, cuando los cazadores salieron a
buscar carne y no regresaron. Ull no tenía madre que pudiera recordar, y había
pocas mujeres en el grupo. Cuando los hombres desaparecieron, aquellas tres
mujeres, la joven y las dos viejas, habían gritado aterradas y gimoteado
durante mucho tiempo. -Luego la joven había enloquecido, dándose muerte con un
bastón afilado. Las ancianas la enterraron en un agujero poco profundo excavado
con sus propias uñas; así que Ull estaba solo cuando llegó esta Mladdna, aún
más vieja.


Ella caminaba
con ayuda de un nudoso bastón, una preciada reliquia de los viejos bosques,
duro y pulido por los años de uso. No dijo de dónde provenía, pero renqueó hasta
el interior mientras la joven suicida era enterrada. Allí aguardó hasta que
volvieron las dos, y éstas la aceptaron sin curiosidad.


Así fue
durante muchas semanas, hasta que las otras dos cayeron enfermas, y Mladdna no
pudo curarlas. Extraño fue que aquellas dos, más jóvenes, cayeran, mientras que
ella, más débil y anciana, sobrevivió. Mladdna las había cuidado durante muchos
días, y por fin murieron, por lo que Ull quedó solo con la extranjera. Él gritó
toda la noche, hasta que ella acabó perdiendo la paciencia y le amenazó con
morir también. Entonces, oyéndola, se calmó al fin, ya que no deseaba quedar en
completa soledad. Tras eso, había vivido con Mladdna y ella desenterraba raíces
para comer.


La podrida
dentadura de Mladdna estaba demasiado enferma para roer la comida que
encontraba, pero ellos la picaban hasta que ella podía tomarla. Esta fatigosa
rutina de búsqueda y comida constituyó la infancia de Ull.


Ahora, a sus
diecinueve años, era fuerte y firme, y la anciana había muerto. No había nada
que le atara allí, por lo que se decidió por fin a buscar aquellas fabulosas
cabañas detrás de las montañas y vivir con aquel pueblo. Ull cerró la puerta de
su choza -por qué, él no pudo contestárselo, ya que no había allí animales
desde hacía muchos años- y dejó a la mujer muerta en su interior. Medio
deslumbrado, y aterrado ante su propia audacia, caminó durante largas horas por
las secas hierbas, hasta que por fin alcanzó las primeras estribaciones de las
colinas. El atardecer llegó, y él trepó hasta que estuvo exhausto y se tumbó
sobre la hierba. Allí tendido, pensó en muchas cosas. Se preguntó acerca de la
vida extranjera, apasionadamente ansioso de alcanzar la perdida colonia del
otro lado de las montañas, pero al fin se durmió.


Cuando
despertó, había luz de estrellas en su rostro y se sintió vigorizado. Ahora que
el sol se había ido por un tiempo, viajó más rápido y decidió apresurarse antes
de que la falta de agua se volviera insoportable. No había llevado nada
consigo, ya que el último pueblo, morando en un lugar fijo y no teniendo
ocasiones para acarrear su preciada agua, carecía de recipientes de cualquier
clase. Ull deseaba alcanzar su meta antes de un día y escapar así de la sed,
por eso se apresuraba bajo el fulgor de las estrellas, corriendo a veces en la
atmósfera cálida y reduciendo a un paso ligero en otras ocasiones.


Prosiguió
mientras el sol se elevaba, aunque aún estaba en las pequeñas colinas con tres
grandes picos alzándose al frente. Bajo su sombra, descansó de nuevo. Luego
ascendió durante toda la mañana, y a mediodía remontó el primer pico; allí se
tumbó por un tiempo, estudiando el espacio antes de la nueva etapa.


El hombre
descansó sobre el borde erosionado de un risco. Ante él pudo ver grandes
distancias, pero en toda la desértico extensión no había movimientos
visibles...


Llegó la
segunda noche, y encontró a Ull entre los rudos picos, con el valle y el lugar
donde había descansado muy lejos y abajo. Estaba cerca del segundo pico ahora y
aún se apresuraba. Alcanzó el tercero aquel día, lamentando su locura. Aunque
no podía haber permanecido allí con el cadáver, solo en la pradera. Trató de
convencerse de esto y se apresuró todavía hacia delante, cansadamente tenso.


Y por fin sólo
hubo unos pocos pasos antes de que el risco terminara, permitiéndole contemplar
la tierra de más allá. Ull se tambaleó agotado por el camino rocoso, cayendo y
golpeándose aún más. Estaba cerca, esa tierra donde los hombres rumoreaban que
habían habitado, esa tierra sobre la que había oído historias en su niñez. El camino
era largo, pero la recompensa grande. Una roca de gigantesco perímetro
interrumpió su Vista, y él la escaló ansiosamente. Por fin pudo contemplar el
sumido orbe de su tan ansiado destino, y sus doloridos y sedientos músculos
fueron olvidados cuando vio gozoso que una pequeña aglomeración de
construcciones pendía de la base del risco más lejano.


Ull no se
detuvo, sino que, espoleado por lo que vio, corrió, se tambaleó y se arrastró
el kilómetro restante. Creyó detectar formas entre las rústicas cabañas. El sol
estaba a punto de ponerse; el odioso, devastador sol que había acabado con la
humanidad. No pudo vislumbrar detalles, pero pronto las cabañas estuvieron
cerca.


Eran muy
viejas, de bloques arcillosos consumidos por la perenne sequedad del mundo moribundo.
Poco, en efecto, cambiaba excepto por los seres vivientes: las hierbas y
aquellos últimos hombres.


Ante él, una
puerta abierta pendía de toscos goznes. Bajo la luz moribunda Ull entró,
exhausto, buscando con avidez los ansiados rostros.


Luego se desplomó
sobre el suelo y lloró a mares, ya que sobre la mesa se apoyaba un reseco y
antiguo esqueleto. Se levantó por fin, enloquecido por la sed,
insoportablemente dolorido y sufriendo las mayores desilusiones que cualquier
mortal pueda conocer. Era, pues, el último ser viviente sobre el globo. Él, el
heredero de la Tierra...
todas las tierras, y todas igualmente inútiles para él. Retrocedió
tambaleándose, sin mirar a la borrosa figura blanca bajo el reflejo de la luz
de la luna, y cruzó la puerta. Deambuló por el vacío poblado buscando agua e
inspeccionando con tristeza aquel lugar vacío, tan espectralmente conservado
por el aire inmóvil. Ahí había una morada, allá un rústico lugar para fabricar
objetos... recipientes de arcilla que sólo contenían polvo y nada de líquido
para mitigar su sed abrasadora.


Entonces, en
el centro del pequeño poblado, Ull vio la boca de un pozo. Sabía qué era, ya
que había oído cuentos sobre ello a Mladdna. Con mísera alegría, se tambaleó
hacia adelante y se inclinó sobre la boca. Allí, por fin, estaba el final de su
búsqueda. Agua -fangosa, estancada y escasa, pero agua- ante sus ojos.


Ull aulló con
la voz de un animal torturado, tanteando en busca de cubo y cadena. Su mano
resbaló en el fangoso borde y cayó sobre el pecho en el pretil. Durante un
instante se mantuvo allí, luego, sin un sonido, su cuerpo se precipitó en el
negro pozo.


Hubo un ligero
chapuzón en la tenebrosa superficie cuando impactó contra una piedra sumergida,
desprendida eones atrás de la masiva albardilla. La agitación del agua se
sosegó progresivamente.


Así, por fin, la Tierra estuvo muerta. El
último superviviente, digno de lástima, había perecido. Los incontables miles
de millones, los lentos eones, los imperios y civilizaciones de la humanidad se
resumían en aquella pobre forma retorcida... ¡y cuán titánico sinsentido fue
todo! Ahora, en efecto, había llegado un final y clímax para todos los
esfuerzos de la humanidad... ¡cuán monstruoso e increíble clímax a ojos de
aquellos pobres necios complacientes de los días prósperos! Nunca más conocería
el planeta el atronador hollar de millones de humanos... ni el reptar de los
lagartos o el zumbido de insectos, ya que-ellos también se habían ido. Había
llegado el reino de las ramas sin savia y de los interminables campos de
marchita hierba. La Tierra,
como su fría e imperturbable luna, se había sumido en el silencio y la
oscuridad para siempre.


Las estrellas
ronroneaban; el mismo plan descuidado continuaría por desconocidas infinidades.
Este final trivial para un episodio insignificante no importaba a las distantes
nebulosas o a los soles naciendo, floreciendo y muriendo. La estirpe del
hombre, demasiado minúscula y efímera para tener una función o propósito
reales, era tal conclusión le habían como si nunca hubiera existido. A tal
conclusión le habian llevado los eones de su ridícula y tramposa evolución.


Pero cuando
los mortíferos rayos del sol naciente se derramaron por el valle, una luz
alcanzó el fatigado rostro de unaquebrada
figura que yacía en el fango....
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MensajeTema: Re: Hasta en los mares....   Mar Nov 06, 2012 5:21 am

para mi que eso pasaria en algun momento de la historia....
espero no estar para verlo... como el mundo se derrite con los rayos del sol....
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MensajeTema: Re: Hasta en los mares....   Vie Dic 14, 2012 6:59 pm

Es cierto se dice que el sol evaporara todo... evaporará en especial el agua y todos sabemos que sin agua nadie vive...ese es fin de nuestro mundo Y.Y
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MensajeTema: Re: Hasta en los mares....   

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Hasta en los mares....
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